EL ARTE COMO REDENTOR


Por: Clarisa Anabel Pozzi

“Si algo redimirá las catástrofes que el hombre ha cometido a lo largo de la historia serán las obras de arte con que las acompañó”, dice José Pablo Feinmann. El arte se presenta entonces como vía redentora de los desastres de la humanidad.
Porque la obra nos sumerge en un mundo creado que impone sus propias reglas, pero que no por estar reglado nos priva de libertad. Gozamos de la libertad de contemplar sin establecer juicio previo, elegimos o no elegimos pero no estamos condenados en nuestra elección.
Una pintura del horror de la guerra, por ejemplo, más allá de escenificar un ambiente de batalla, nos habla de la condición humana, de hasta dónde puede llegar el hombre y su crueldad.
Adorno pensó que no se podía hacer más arte después de Auschwitz; cómo cantarle a la poesía luego de semejante matanza, cómo pensar en la vida después de tanta muerte, cómo generar una luz de esperanza en el campo de la desesperación.
El arte resiste desde la sombras, nos libera del oprobio y la ignominia, ya Brecht en su teatro afirmaba: “nuestro teatro debe fomentar la emoción de la comprensión y enseñar al pueblo el placer de modificar la realidad”.
La obra de arte nos abre el camino de la comprensión del mundo y nos ayuda a reflexionar sobre cómo alcanzar universos posibles alejados de la desigualdad y de posturas desligadas del compromiso.
Es esa necesidad de salvación en estos tiempos que corren cuando la aguja avanza y no sabemos en qué creer, cuando todo parece desvanecer nuestras expectativas: ahí es cuando el arte dice “presente”.
Porque es la visión superadora de una realidad que no nos satisface y bajo su tamiz todo parece renacer, modificarse. Porque es camino en el vacío, completitud, visión plena en estado de plenitud.
El zapping del televisor nos traslada de una guerra, a una receta de cocina; de niños desnutridos a colas en primer plano. “La realidad presente ha llegado a ser capaz de tragarse – explica Adorno – imágenes de niños proletarios hambrientos y pinturas de la extrema miseria, juzgándolos como documentos de ese buen corazón que todavía late ante la miseria y nos asegura que no es tan extrema. El arte trabaja contra esa actitud de tolerancia renunciando en su lenguaje a cualquier forma de afirmación”.
El arte intenta salir de esa tibieza que proponen los medios donde todo da igual, donde ya no nos sobresaltamos ante imágenes de crueldad porque nuestro ojo ya se acostumbró y nos hicimos una capa protectora que nos “protege” del dolor del otro.
La obra se presenta entonces como ese “abrir los ojos” ante lo que nos rodea, no es ya el programa “x” con el que pensamos un momento sino que de lo que se trata es de la identificación, la comprensión, la crítica y la rebelión ante aquello por modificar.
“La obra de arte – dice Brecht – debe penetrar en el público no mediante la identificación pasiva sino mediante un llamamiento a la razón que exige, a la vez, acción y decisión”. El espectador hace algo más productivo que limitarse a observar, se siente estimulado a pensar en y con la obra y acaba pronunciando un juicio.
Esta participación del espectador implica su emancipación, la convicción de tomar las riendas de su propio parecer, sin influencias, donde genera y desarrolla su espíritu crítico ajeno a todo condicionamiento.
“El hombre es desde el principio de los tiempos un mago – explica Ernst Fischer – esta magia que está en la raíz misma de la existencia humana, que da una conciencia de impotencia y a la vez de poder, que hace sentir miedo de la naturaleza a la vez que desarrolla la capacidad de controlarla, es la esencia misma del arte”.
Y está en el sentido más profundo del hecho artístico esa sumisión a lo fortuito, esa independencia que comulga, ese “ser otro” que apropiamos, aquello que nos identifica con lo que somos y a lo que pertenecemos, esa misma magia que todo lo puede porque nació libre y habita en cada ser.

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