EN SERIE




A FULL, MONTY

Por Jimena Repetto

Por más refranes que recen que “Dios los cría y ellos se juntan”, es justo darle un poco de crédito a los avatares del azar. En su tan apasionada como melancólica Nadja, Breton explica lo que para él es el azar objetivo, esos accidentes maravillosos que hacen ingresar lo inexplicable a nuestra vida, con toda la furia adorable y perturbadora de un destino que se asemeja a una impostura necesaria. Las coincidencias de la vida se dan, diría Breton, de una forma azarosa, sin embargo hay algo en nosotros que busca que se sucedan. Pero sea como sea, uno no se imagina a Los Beatles sin Paul, ni a los surrealistas sin Eluard y mucho menos a los Monty Python sin su formación original.
Se terminaban los sesentas cuando Graham Chapman, John Cleese, Terry Gilliam, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin recibieron el visto bueno de la BBC1 para hacer una serie que, se suponía, no duraría más de trece capítulos. Cómicos con formación académica, la mayoría de ellos, y ya con cierta experiencia televisiva, se lanzaron a hacer su propio programa, renovando no sólo las formas de hacer humor sino también el lenguaje de la televisión. Después de considerar varios nombres, el programa finalmente se llamó “El Circo Ambulante de Monty Python” (Monty Python ´s Flying Circus) y tal vez sea uno de los mejores programas que algunas vez se hayan emitido. El azar, el fluir de la conciencia, el humor absurdo y la fusión entre contenidos populares y de culto como materia de broma, caracterizaron las creaciones de este grupo. La serie llegó al grado de burlarse del propio lenguaje de los medios y poner en evidencia la posibilidad de construir noticias junto con su imposibilidad de dar cuenta de forma objetiva del mundo real.
El cinco de octubre de 1969 fue el día en el que se mostró el primero de una serie de episodios desaforados en los que se conjugaban las situaciones más desopilantes, dejando de fondo una severa crítica social. Cada capítulo se componía de diversos sketches unidos por las animaciones de Gilliam -pequeños collages surrealistas cuyas imágenes se extraían de grabados de la época victoriana-. Uno de los logros más notorios de este grupo, fue que todos sus miembros actuaban y escribían los episodios en conjunto. Las ideas se debatían en el grupo y se realizaban únicamente si así lo decidía la mayoría.
La serie se transmitió durante 45 episodios hasta diciembre de 1974, aunque ya en 1971 el grupo había comenzado a hacer películas como La vida de Brian (Life of Brian), El sentido de la vida (The Meaning of Life) y Los Caballeros de la mesa cuadrada (Monty Pyton and the Holy Grail).
Si sobre el azar hablamos, es ésta la serie de televisión que llevó más lejos su exploración como método creativo -retomando los postulados de los surrealistas-. Como si esto fuera poco, se dio el lujo de demostrar, mucho antes de que la televisión se llenara de programas autorreferenciales, que la creación y su potencial revolucionario, no necesariamente vienen de la mano de la mera repetición, sino de la manera de procesar los materiales en la práctica creativa. Por eso, ver hoy que la televisión se ha vuelto una máquina de autofagocitarse con programas que recuperan lo absurdo para exponerlo con toda la crudeza de un señalamiento estéril, ver a los Monty Python tal vez pueda llevarnos a pensar que hay formas de renovar los productos televisivos, al hacer programas de calidad en los que el humor sea la consecuencia de un proceso en el que se unan inteligencia, imaginación y trabajo.
A veces no hay nada tan adorable como deleitarse con esos caprichitos del azar. Deslumbrarnos con su afán incontrolable de dejarnos sorpresas en el camino, sin tener la posibilidad de acercar una esquela para agradecer o firmar libro alguno para asentar una queja. Y, si en algo se pudiera colaborar para que los avatares del destino sean placenteros, ¿qué más que escribir pensando en que alguien puede llegar a encontrar en algún lado esta revista y, ya en un acto más voluntarioso, leer este artículo? Así que, para esos momentos en los que pareciera que nada puede cambiarnos sustancialmente la vida, ahí están los Monty Python y su Circo Volador que pueden alquilarse en varios video clubs de culto de la Capital, o bien, es cuestión simplemente de darse una vuelta por youtube para ver una de las mejores series que la televisión supo engendrar.

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