Dársena del río, de Ana Claudia Díaz




De triángulos está hecho el mundo. Coloridos. Convulsiono en la colectiva muestra que tiene como virtud, unir los lazos. El sendero. El inconsciente que amaina, lo irregular.
Como dos ruedas que trasmiten mientras giran. Un holograma. La cadencia. Eslabones enlazados entre sí que se funden y  hacen una superficie de corcho para flotar. Manos agarradas en la danza. Para liberarse de los cables, de las ataduras. De una misma médula. Opresión que permanece sola, dentro de un pozo, una torre o un armazón. 

Estábamos resguardados en la dársena del río. Desde ahí, surgir. Subir. Signo rodado. Pez luna. Círculo abanico. Cada vez, es nuestra vez. En lo próspero y en lo adverso siempre está el viento del sur que se hace estampar en alguna parte del cuerpo. La cordillera: el cisne blanco en su lomo. Libre. La voz es un molino de papel. Ando con ella y mi grito se llena de pliegues, de delgados hilos de lana que lo atraviesan, de cuerdas. 
Los demás, también están asidos de la mano, dando vueltas en la misma fiesta. 

Yo intento seguir mi curso, caminar los ríos, los planetas. O rodarlos. Avanzar hacia él. Caminito que calma mi ansia. Poblado de calas acuáticas, de arándanos, de frutos con hojas cilíndricas. Casi al final, una multitud de florcitas de color azul oscuro. Esto, no corresponde a la idea que me había formado de vos o que te habías hecho de mí. En el suelo se juntan nuestros pies y las huellas sucesivamente, como un vuelo de aves. O el nadar conjunto de las ballenas francas.

¿Cuántos eneros arrojados al enterarse que la claridad del día se gobierna en el andar? Ahora sé, que a él lo agobian las penas, los años pasados, las sábanas y la imagen líquida del diluvio. Mi silueta. 
De tanto en tanto, la trama se va haciendo de lava. Yo quería asignarte solo la palabra pasamontañas. Hacerme cargo de eso.

Llegué, me rindo. Encorvo el cuerpo hacia la tierra para aliviar la noche del tiempo en que aún falta el resplandor del horizonte, su armonía. Una tribuna de oradores del pueblo juzga mi cesar, remoto e impreciso. 
Me mareo. De barro esta hecho el frío. El fin. Empecé a coleccionar diademas. A rodearlo todo con la sombra de la arista de mi vestido hecho de seda.  Mis dilemas.  La continuidad orgánica. Mi turno de llevar las plumas del pavo real. O convertirme en calabaza. O también, puedo dejarlo todo atrás y ser una pequeña niña hornera. 

Sobre Ana Claudia Díaz
Nació en Santa Teresita en 1983. Publicó en la antología poética Pájaros en la frente (2011), la plaqueta de poesía plegable Vuelto Vudú  (2009) y el libro Limbo (2010) por Pájarosló editora –editado también en 2012 por La One Hit Wonder Cartonera (Ecuador)-, y Al antojo de las anémonas por Color Pastel (2011). Participa de diferentes encuentros de poesía y colabora con la sección de reseñas de Plebella y No-retornable. Vive en Buenos Aires. + info: www.anaclaudiadiaz.blogspot.com

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