Edgardo Scott

Al principio las miraba. Ahora es distinto. Al principio había miedo, vergüenza, a veces, desesperanza. Ahora no. No recuerdo cuánto duró la pesadilla. O sí, lo recuerdo perfectamente: duró toda mi vida. Pero hasta hace dos días. Dos días atrás la decisión por fin tuvo cuerpo.

Me llamo Federico Martínez. Lo que hice fue seguir a una mujer y estar con ella. Pero antes tuve que esperar; debieron pasar seis meses para que eso fuera posible. No creo, sin embargo, que la decisión haya sido esa solamente; porque si bien no llegaba a tenerlas, siempre he seguido o mirado mujeres. La verdadera decisión, para mí, es que no estuviera mal; porque durante mucho tiempo sí lo estuvo.

Sin embargo, después de haber elegido, después de sentir el alivio, aún queda este hueco a la noche del que debo deshacerme. Y creo que sólo puedo deshacerme de él de esta forma.

Recuerdo una época en que escribía sólo para dormirme. Fue hace unos años, escribía del mismo modo en el que podía ver una película, leer o hacer zapping. Pero en aquel momento no pensaba que era lo mismo. Al final, acabé tirando todo; lo tiré, también, en una de esas noches donde no sabía cómo llenar el tiempo. Yo pensaba que no había, que no podía haber, peor mal que el insomnio. Hoy comprendo que el insomnio era la forma (una de las formas) de ese único mal, que es el pasado. De él, y sólo de él, busco despojarme.

Recuerdo llegar temprano a mi casa y tener todo el tiempo del mundo para relajarme, para tomar una ducha, para pensar qué iba a comer, para comer; es decir, recuerdo hacer todas las cosas rutinarias y sentir que el tiempo igual sobraba. Nunca eran más de las nueve o diez cuando había terminado con todas las obligaciones; ya fueran mías, de la casa, o de los demás. Entonces me iba a la cama; a veces, sin rastro de cansancio alguno, pero obediente, dispuesto a dormir ni bien el sueño llegara.

Y lo que llegaba era el insomnio. El insomnio y su espera infinita, acaso la peor; la espera inútil y completamente a oscuras. Pero dormir era bueno (estuve a punto de no escribir la verdad: yo no pensaba que era bueno, yo pensaba, estaba convencido de que era saludable) porque después de unas horas me hacía ver las cosas de otra manera. A la mañana siguiente, por ejemplo, era optimista; o quizá no tanto, pero lograba cierta dosis de cinismo, y en secreto, podía reírme de mí y sobre todo de los otros. De esa forma salía al mundo y lo soportaba. Dicen que los que buscan matarse comienzan por no dormir. Eso me tenía sin cuidado.

Pero mientras el insomnio arruinaba mis noches, durante el día me torturaba otra cosa: que lo único que pudiera hacer con las mujeres fuera mirarlas. Y yo no quería eso nada más, porque a pesar de que con los años, había aprendido a hablar con ellas, nunca lo había hecho con naturalidad, al menos no con la naturalidad que sentía, si es que hablaba, frente a los hombres. Incluso el silencio era distinto. Yo no soy –ni nunca lo fui– de hablar mucho. Pero cuando callaba también podía sentir la diferencia.

De a poco, lentamente, me convertí en un imbécil por no poder dar ese otro paso. Y se fue haciendo más fuerte, más constante, más imperiosa, la necesidad de mirarlas. Aunque no, la verdad es que muy pocas veces me sentía un imbécil por eso, muy pocas. Lo que me pesaba era la urgencia de ellas. La sed, la sojuzgada desesperación de tenerlas y tocarlas y de que fueran mías. Hablarles, poco o mucho, o lo suficiente como para que ellas me hablaran, era necesario para lo otro; para lo que yo en verdad buscaba.

Transcurrieron numerosos días bajo este signo de pesadilla; son los que prefiguraron aquel orden funesto que hasta hace no mucho tiempo me dominaba. (Sólo el tiempo mensurable ahora me puede resultar no mucho, porque sé que hay otro, el mío, donde estos dos días equivalen a siglos).Miren a su alrededor. Miren atrás y busquen esa cara, ese apellido o nombre que no les sale. Ese compañero de escuela, de facultad o de trabajo, raro e introvertido. Ese no era yo. Y sin embargo, jamás, hasta hace dos días, había estado con una mujer.


Primer capítulo de la novela
No basta que mires, no basta que creas

Dirección:

jimenarepetto@gmail.com

Ariana Pérez Artaso
capullodealeli@gmail.com

Equipo de redacción:
Marilyn Botta
Carmela Marrero
Guido Maltz

Diseño y moderación:
Pablo Hernán Rodríguez Zivic
elsonidoq@gmail.com

Las opiniones expresadas en los artículos y/o entrevistas son exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Revista Siamesa