La boluda y yo de Cecilia Costa Vilar y Gabriel Fernández Chapo

Por Nicolás Pose


Una relación doméstica y algo más

En el escenario se recrea una habitación con una tabla de planchar, un teléfono en el piso, y una cama donde hay una mujer durmiendo. Hay otra mujer sentada en el centro del escenario. Se escucha cómo pían dos pollitos dentro de una caja de cristal. Ni bien comienza la obra, la mujer que está en el piso se viste con un vestido colorido y empieza a cantar una canción de cumbia, regodeándose con el baile tropical, moviendo las caderas, feliz de estar bailando y sintiéndose la dueña de casa. Es la mucama de una señora bien que vive en un barrio que puede ser cualquiera de los barrios más caros de Capital. La señora desde el primer momento que se despierta y comienza a hablar, emplea un tono de chica “cheta” francamente insoportable-tono que mantendrá a lo largo de la obra, es su forma de hablar-, y en su vocabulario corriente emplea palabras del inglés, porque no sabe reemplazarlas por palabras españolas. También se asusta si su mucama dice “cojer”, o si habla de “telo”. Palabras como ésas están prohibidas en su casa, y siempre se lo repite a su mucama. Así, desde el vocabulario, y desde ciertas actitudes histéricas, como no poder ir a reunirse con sus amigas porque se levantó con los ojos hinchados, se va configurando la personalidad de la boluda. Es ella la que mantiene diálogos a lo largo de la obra con su mucama, y a veces, ni siquiera se entienden, porque son mundos diferentes, porque hablan diferente y porque piensan diferente. La mucama soporta hasta lo inaguantable, sólo porque durante el transcurso de la pieza le pide a la boluda el dinero que debe cobrar. Pero la boluda siempre le habla de otras cosas, amenaza con no pagarle si no se comporta como ella quiere. Pero al mismo tiempo, ambas conviven, con roces, está claro, pero son choques que se van tapando, y se van acumulando, y uno no sabe hasta cuándo podrán convivir dos universos completamente antagónicos. De este modo, mientras la mucama canta cumbia y fantasea con el movimiento sexy de las cantantes de música tropical, su patrona piensa en negocios y en... boludeces. Por ejemplo, la boluda se enoja porque le parece intolerable que haya envases de huevos en la pieza de la mucama para filtrar el sonido de la música que escucha, ya que le recuerda a los cartoneros, entonces le da asco. Desde estas mínimas confrontaciones, nace de a poco una leve tensión que irá creciendo, muy lentamente, pero que crecerá hasta el final. Mientras esa tensión va aumentando, la obra al tener muchos momentos de comicidad le va quitando dramatismo al enfrentamiento entre ambas mujeres. Pero el final revela la cruda realidad, y en una pelea de película entre ambas mujeres se decide el destino de la obra.
Más allá de que el tema sea un poco trillado, ya que se ha realizado en numerosas ocasiones, la obra trabaja muy bien la cuestión del lenguaje en ambas mujeres. El lenguaje es el primer punto de diferencia para que ambos mundos comiencen a chocar y nunca consigan aproximarse. Sin embargo, existen momentos en que la relación gana confianza, y esos son los momentos en los cuáles hablan de relaciones sexuales. Y se puede notar cierta tensión entre ambas mujeres, ciertos movimientos que hacen pensar en una relación lésbica no aceptada. Son instantes en donde parece que las diferencias no importaran, y por ende, existe otro tipo de comunicación donde las cosas que le cuenta la mucama a su patrona son como grandes descubrimientos, pero que no tienen nada que ver con la perversión sexual. En cambio, sí se puede ver la perversión en el sentido de que el estado de la cosas, el orden al que está acostumbrada la boluda, se van modificando en esos instantes en que la mucama puede hablar. En los demás momentos, la comunicación está quebrada desde el principio, y no es culpa de ninguna de las dos mujeres, es sólo fruto de la cuna de y de la crianza que cada una ha tenido.
Con buenas actuaciones, y con un ritmo que va creciendo a lo largo de la obra a medida que aumenta la tensión entre ambas mujeres-que se adivina desde un principio por pertenecer a clases sociales totalmente diferentes-, “La boluda y yo”, no es simplemente una comedia costumbrista como parece demostrar de entrada, sino que desliza sutilmente una crítica a la intolerancia y a la hipócrita convivencia que vemos todos los días entre personas que ni siquiera se pueden oler. Si bien la obra de Cecilia Costa Vilar se mueve dentro de la comedia, y a veces parece un poco previsible, nos reserva un final tan trágico como absurdo.



La boluda y yo

Intérpretes: Mariana Paz y Anabella Valencia
Coreografía: Mayra Bonard
Arreglos musicales: Federico Paz
Música: Gerardo Gardelín
Realización escenográfica: Cecilia Stanovnik
Diseño escenográfico: Gabriel F. Chapo
Arreglos musicales: Federico Paz
Vestuario: Mariana Paz
Asistente de dirección: Florencia Di Baja
Texto: Cecilia Costa Vilar
Dirección: Cecilia Costa Vilar y Gabriel Fernández Chapo
En espacio teatral Del Borde, Chile 630. Funciones: Viernes 23:15hs Reservas(4300-6201)

Dirección:

jimenarepetto@gmail.com

Ariana Pérez Artaso
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Equipo de redacción:
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